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09/05/2017
El reloj del riego y la necesidad de medir sus impactos
La práctica del riego artificial no es una solución en sí misma y requiere de protocolos serios que midan el impacto ambiental que genera. El autor alerta sobre la necesidad de analizar la capacidad de los suelos.

El suelo es un recurso natural finito y frágil. Los cultivos necesitan de sus propiedades tanto como el agua que los nutre. La Argentina dispone de una gran oportunidad de aprovechamiento de agua para riego y es oportuno comenzar a trabajar en este sentido pero no sin antes diseñar protocolos que midan el impacto ambiental de la práctica y las medidas complementarias que requiere la conservación de los suelos.

La ?hidráulica agrícola? no es un tema simple. Desde Menes en Egipto hasta la actualidad han transcurrido miles de años de riego artificial que nos llevan a afirmar que disponer de la tecnología para regar cultivos extensivos y contar con agua en volumen o en un curso superior no es suficiente. Es necesario evaluar el impacto que pudiera generar en el medioambiente suelo esa agua que no le es natural, que contiene sales y minerales que afectarán la sostenibilidad del sistema si no se aplican protocolos de contención.

En primer lugar, si extraemos agua desde un acuífero de 80, 100 o más metros de profundidad que circula por distintas galerías con diversa composición mineral, en distintos volúmenes y momentos del año calendario y variabilidad en la concentración salina, debemos sí o sí analizarla. Tengamos en cuenta que si aplicáramos un riego en campaña de 300 milímetros con una conductividad de 1,01 mmohs/cm estaríamos recargando el perfil de suelo en los primeros centímetros con 2,471 ton/ha de sales de diferentes propiedades químicas. Si por el contrario el agua proviene de efluentes, su análisis es aún más importante, ya que se deberá evaluar su contenido de aluminio, arsénico, cadmio, cromo, cobalto, hierro, selenio, zinc.

A su vez, estas evaluaciones deberán complementarse con el estudio de la relación del agua y el suelo mediante análisis físicos y químicos de muestras estratificadas de suelo cada 40 centímetros de profundidad. Luego de varias campañas es válido generar información visual de los diferentes estratos del suelo y analizar el comportamiento del ?anclaje? de la raíz, del flujo vertical y horizontal, de las derivaciones del desbalance de espacios porosos y estar atentos a la lixiviación mineral, la hiper acumulación o apilamiento de sales, la queluviación, yuxta-posición coloidal y saturación de bases, entre otros.

De esta forma, si la lectura indica abordar el rescate de un suelo salinizado se aportarán los debidos correctores y se buscará aumentar la permeabilidad, mejorar la estructura, beneficiar la actividad microbiana, equilibrar los cationes nutricionales y así neutralizar el pH.

Para poder proyectar riego en el tiempo es necesario preparar el suelo para después del tercero o cuarto año no encontrarse con impedimentos. El agua tiene sal y no debe quedarse en forma permanente. Tiene que permitir satisfacer la necesidad del cultivo y después retirarse. Pero para que esto ocurra debe existir una buena relación entre macroporos y microporos.

Como ejemplo práctico sobre la envergadura del tema comparto algunos datos surgidos de auditorías realizadas en distintos lotes. En suelos de Lincoln, provincia de Buenos Aires, tras varias campañas de riego con origen acuífero (de perforación), es posible ver anomalías en la distribución de los espacios porosos de aire desde los 40 centímetros de profundidad. El porcentaje de poros de aire es de 7 a los 40 centímetros, de 1 a los 80, de 22 a los 130 y de 1 a los 180 centímetros. El número debería rondar el 50% del volumen total y el del agua ocupar el doble del de aire.

El desbalance de magnesio en el perfil es otro problema hallado en campos de Sarmiento, en la provincia de Chubut, luego de varios años de riego por cañón con agua de origen de deshielo. Allí la lectura de la auditoría de suelo marca desbalances e hiper acumulación de cationes.

Si tengo un exceso de potasio o de magnesio, hay que corregirlo. El sodio es una molécula que perjudica. No se pueden tener 4.800 ppm de sodio y 1000 ppm de magnesio. El equilibrio debería ser menor de 300 ppm de magnesio, 80 ppm de sodio y 2500 ppm calcio en 40 a 60 centímetros de profundidad. El porcentaje de saturación del magnesio debería estar entre 10% y 15% en todo el perfil, mientras que en el estudio se vieron valores que van de 18% y hasta 30%. En este caso, a los 80 centímetros de profundidad la raíz del maíz se va a encontrar con un exceso de magnesio y/o de sodio que va a generar un estancamiento en el desarrollo de la raíz, la planta va a gastar energía en buscar porosidades donde ese exceso no exista y esto va a repercutir en el desarrollo de la planta, la conformación de la espiga y de los granos.

Otro caso de desequilibrios en la estructura física del suelo lo aporta un lote de Gualeguay, provincia de Entre Ríos, tras un quinquenio de riego por pivote de acuífero. Allí la lectura física arroja valores restrictivos en la distribución de los espacios porosos. Tendría que tener 15% de poros de aire y 30% de poros capilares pero el número es de 1,8% en el primer caso y de 41,1% en el segundo. Esta estructura física no tiene oxígeno y por ello se bloquea la actividad de enzimas y bacterias que sintetizan nutrientes para que la planta los pueda tomar.

En síntesis, el crecimiento productivo es un camino insoslayable pero debe planificarse sin perder de vista los impactos en el ambiente. Nos compete como profesionales de la agricultura articular protocolos de largo plazo que no sólo garanticen los niveles de productividad que justifican una inversión de 1100 dólares por hectárea que requiere la instalación de riego, sino la sustentabilidad de un recurso tan fundamental y valioso como el suelo.

Por Marcelo Palese, gerente del servicio técnico de Nidera Nutrientes y Protección de Cultivos -empresa miembro de COFCO Internacional-.

09/05/2017 El reloj del riego y la necesidad de medir sus impactos La práctica del riego artificial no es una solución en sí misma y requiere de protocolos serios que midan el impacto ambiental que genera. El autor alerta sobre la necesidad de analizar la capacidad de los suelos.

El suelo es un recurso natural finito y frágil. Los cultivos necesitan de sus propiedades tanto como el agua que los nutre. La Argentina dispone de una gran oportunidad de aprovechamiento de agua para riego y es oportuno comenzar a trabajar en este sentido pero no sin antes diseñar protocolos que midan el impacto ambiental de la práctica y las medidas complementarias que requiere la conservación de los suelos.

La ?hidráulica agrícola? no es un tema simple. Desde Menes en Egipto hasta la actualidad han transcurrido miles de años de riego artificial que nos llevan a afirmar que disponer de la tecnología para regar cultivos extensivos y contar con agua en volumen o en un curso superior no es suficiente. Es necesario evaluar el impacto que pudiera generar en el medioambiente suelo esa agua que no le es natural, que contiene sales y minerales que afectarán la sostenibilidad del sistema si no se aplican protocolos de contención.

En primer lugar, si extraemos agua desde un acuífero de 80, 100 o más metros de profundidad que circula por distintas galerías con diversa composición mineral, en distintos volúmenes y momentos del año calendario y variabilidad en la concentración salina, debemos sí o sí analizarla. Tengamos en cuenta que si aplicáramos un riego en campaña de 300 milímetros con una conductividad de 1,01 mmohs/cm estaríamos recargando el perfil de suelo en los primeros centímetros con 2,471 ton/ha de sales de diferentes propiedades químicas. Si por el contrario el agua proviene de efluentes, su análisis es aún más importante, ya que se deberá evaluar su contenido de aluminio, arsénico, cadmio, cromo, cobalto, hierro, selenio, zinc.

A su vez, estas evaluaciones deberán complementarse con el estudio de la relación del agua y el suelo mediante análisis físicos y químicos de muestras estratificadas de suelo cada 40 centímetros de profundidad. Luego de varias campañas es válido generar información visual de los diferentes estratos del suelo y analizar el comportamiento del ?anclaje? de la raíz, del flujo vertical y horizontal, de las derivaciones del desbalance de espacios porosos y estar atentos a la lixiviación mineral, la hiper acumulación o apilamiento de sales, la queluviación, yuxta-posición coloidal y saturación de bases, entre otros.

De esta forma, si la lectura indica abordar el rescate de un suelo salinizado se aportarán los debidos correctores y se buscará aumentar la permeabilidad, mejorar la estructura, beneficiar la actividad microbiana, equilibrar los cationes nutricionales y así neutralizar el pH.

Para poder proyectar riego en el tiempo es necesario preparar el suelo para después del tercero o cuarto año no encontrarse con impedimentos. El agua tiene sal y no debe quedarse en forma permanente. Tiene que permitir satisfacer la necesidad del cultivo y después retirarse. Pero para que esto ocurra debe existir una buena relación entre macroporos y microporos.

Como ejemplo práctico sobre la envergadura del tema comparto algunos datos surgidos de auditorías realizadas en distintos lotes. En suelos de Lincoln, provincia de Buenos Aires, tras varias campañas de riego con origen acuífero (de perforación), es posible ver anomalías en la distribución de los espacios porosos de aire desde los 40 centímetros de profundidad. El porcentaje de poros de aire es de 7 a los 40 centímetros, de 1 a los 80, de 22 a los 130 y de 1 a los 180 centímetros. El número debería rondar el 50% del volumen total y el del agua ocupar el doble del de aire.

El desbalance de magnesio en el perfil es otro problema hallado en campos de Sarmiento, en la provincia de Chubut, luego de varios años de riego por cañón con agua de origen de deshielo. Allí la lectura de la auditoría de suelo marca desbalances e hiper acumulación de cationes.

Si tengo un exceso de potasio o de magnesio, hay que corregirlo. El sodio es una molécula que perjudica. No se pueden tener 4.800 ppm de sodio y 1000 ppm de magnesio. El equilibrio debería ser menor de 300 ppm de magnesio, 80 ppm de sodio y 2500 ppm calcio en 40 a 60 centímetros de profundidad. El porcentaje de saturación del magnesio debería estar entre 10% y 15% en todo el perfil, mientras que en el estudio se vieron valores que van de 18% y hasta 30%. En este caso, a los 80 centímetros de profundidad la raíz del maíz se va a encontrar con un exceso de magnesio y/o de sodio que va a generar un estancamiento en el desarrollo de la raíz, la planta va a gastar energía en buscar porosidades donde ese exceso no exista y esto va a repercutir en el desarrollo de la planta, la conformación de la espiga y de los granos.

Otro caso de desequilibrios en la estructura física del suelo lo aporta un lote de Gualeguay, provincia de Entre Ríos, tras un quinquenio de riego por pivote de acuífero. Allí la lectura física arroja valores restrictivos en la distribución de los espacios porosos. Tendría que tener 15% de poros de aire y 30% de poros capilares pero el número es de 1,8% en el primer caso y de 41,1% en el segundo. Esta estructura física no tiene oxígeno y por ello se bloquea la actividad de enzimas y bacterias que sintetizan nutrientes para que la planta los pueda tomar.

En síntesis, el crecimiento productivo es un camino insoslayable pero debe planificarse sin perder de vista los impactos en el ambiente. Nos compete como profesionales de la agricultura articular protocolos de largo plazo que no sólo garanticen los niveles de productividad que justifican una inversión de 1100 dólares por hectárea que requiere la instalación de riego, sino la sustentabilidad de un recurso tan fundamental y valioso como el suelo.

Por Marcelo Palese, gerente del servicio técnico de Nidera Nutrientes y Protección de Cultivos -empresa miembro de COFCO Internacional-.

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